Cartas: Trátame suavemente



Así como la vida de algunas personas ha estado marcada por libros y la de otras representada por películas, la mía ha estado frecuentada constantemente por canciones.




Si alguna vez tuviera que definir las canciones del playlist de mi vida, sería justo hacer un repaso por algunos momentos imborrables, momentos en los que no pasaron cosas extraordinarias o decisivas -no hubo llanto ni carcajadas-, pero que hasta el día de hoy me provocan profundas emociones y traen a personas importantes al presente, dejándome desnuda ante sentimientos que no recordaba y ante olores que todavía marean, devolviéndome inevitablemente a escenarios y situaciones que me hicieron lo que hoy soy.



Recuerdo un auto con las ventanas abiertas, sol y viento en mi cara. Temperatura de verano, aroma de verano, ropa de verano. Yo iba sentada en el asiento del copiloto y era mi padre quien manejaba, con la cara sonriente pero concentrado en el camino. Debe haber sido una especie de carretera por donde andábamos, porque no veía muchos autos alrededor ni había detenciones en la conducción. El tapiz del auto era beige, la guantera estaba hecha de un plástico que asemejaba madera oscura y, a la izquierda, estaba la maravillosa radio de auto antiguo, de color negro y con perillas de color plata, de esas a las que le apretabas un botón cuadrado en la esquina superior derecha para expulsar el casette. En ese momento escuchábamos radio, lo sé por el típico ruido lluvioso de las radioemisoras en esos tiempos, un ruido que no alcanzaba a molestar pero se sentía a kilómetros. Se escuchaba una canción en inglés, cantada por un hombre joven de voz no muy profunda, que decía “I'm never gonna dance again, guilty feet have got no rhythm”, y yo la reconocí a pesar de mis pocos años de vida. Me la sabía y la tarareaba patudamente porque no tenía idea lo que decía ese extraño idioma que se mezclaba con un saxofón que se había robado mi espíritu. Mi padre me miró y me sonrió, como diciendo “es extraño pero hermoso que la conozcas”. No sé si esa historia es real o me la inventé, pero vive en mí.



Así se formaron mis recuerdos, con una banda sonora detrás sin que yo me diera cuenta. Pero no es de esa canción que quería contarte, es de la canción que te envié a gotas esta semana.




La escena es en un carrete en casa de no sé quién, tarde, muy tarde. O temprano, muy temprano. Yo estaba sentada en tus piernas, nuestras frentes se tocaban y a ratos cerrábamos los ojos. Atrás se escuchaba Soda, en específico la canción “Trátame Suavemente”. (…) De nuevo, no sé si eso ocurrió o mi cerebro crea cosas extremadamente bellas como recuerdos, pero tus manos, tu respiración, tu olor y esa canción quedaron –como un todo- grabados a fuego en mi amígdala. Después de eso, no hago más que escuchar un par de notas de la canción para que volvamos a estar ahí sentados, silenciosos y juntos.



Quién imaginaría que tantos años después yo iba a estar compartiendo uno de mis más privados recuerdos contigo… Hoy esa canción se hace más real y hermosa que nunca. Hoy tiene un significado distinto, profundo, maduro y sin murallas que detengan los sentimientos.




Te quiero… más de lo que te he querido jamás.



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