Soy egoísta y vivo mejor

Hace casi un año y medio decidí ser egoísta. Y egoísta no quiere decir narcisismo o egocentrismo, egoísta quiere decir que decidí ponerme a mi primero antes que a los demás y las circunstancias.

Después de que me rompieron el corazón y un día me descubrí llorando como loca en el piso del baño, sin poder levantarme y sin una pizca de confianza en mí, entré en pánico porque no me reconocí. Yo sabía que esta chica no era yo, no podía ser yo.


Entonces un día se me terminaron las lágrimas y determiné cumplir un sueño que tenía desde hace mucho: vivir en un país extranjero. En concreto: vivir en España. No sabía cómo, pero de alguna manera tenía que hacerlo. Busqué opciones, intercambios, becas, financiamientos, lo que fuera que me ayudara a cumplir esta decisión. La fuerza y la determinación me ayudaron a salir adelante.



Y me fui.

Llegué a Madrid, España y un día lluvioso de invierno y supe lo que era llorar de alegría. En esas calles Madrileñas, en esos rincones llenos de música, me sentí la mujer más afortunada del mundo y por primera vez me estaba orgullosa de mí misma. Vivía sola, nadie me mandaba, nadie me decía que hacer, ni cuando limpiar, ni a que hora llegar a casa.

Hice amistades eternas, me perdí por las calles sin rumbo, comí todo lo que quise porque ¿a quién le importaba mi aspecto?, besé a varios extraños, baile y me emborraché como una loca, tuve sexo sin compromisos y perdí el miedo a estar sola.

Cuando estuve de regreso en mi país me dije a mi misma que iba a ser todas las cosas que siempre quise pero que mi familia, los amigos, mis miedos y la sociedad en sí me decían que no, que no eran útiles. Entonces, emprendí mi propio negocio, fracasé, me quedé sin empleo y fui feliz porque lo intenté.

Me dejé crecer el cabello muy largo, cómo nunca lo tuve, y un buen día me lo corte hasta la altura de los hombros porque me gustaba más así.

Empecé a hacer ejercicio, bajé de peso y me atreví a usar faldas y vestidos.

Decidí quiénes sí eran mis verdaderos amigos, salí más con ellos y me deshice de los que no valían la pena.

Le perdí el miedo a salir de noche y a romper las rutinas, entonces me divertí más.

Dejé de criticar a los demás y lo que hacían porque no tenía y no tiene caso gastar energía en eso.

Empecé a escuchar todo tipo de música y decidí salir de mi zona de confort donde solamente oía rock e indie. Ahora bailo bachata, salsa y cumbia.

Entendí que no importa la edad, ni las experiencias, no tienes que seguir todos los consejos que te dan los demás, porque nadie tiene idea de cómo vivir. Siempre tengo que seguir mis instintos y tomar las decisiones que mi corazón crean que son las correctas.

Acepté que esa frase de "el amor que tenemos es igual al amor que creemos merecer", es cierta y por lo tanto dejé de tener relaciones fugaces, le perdí el miedo al amor y comencé a buscar lo que me merezco.

Comprendí que cada cabeza es un mundo y que debo respetar las decisiones, sentimientos e ideas de los demás. Porque las cosas jamás deben de ser forzadas u obligadas.

Pero la lección más importante que aprendí es que toda mi vida siempre tiene que ser "un año egoísta", pues ¡es mi vida! Y por siempre tengo que cumplir solo las expectativas que tengo para mi misma.

Entrada enviada por nuestra lectora Rosario desde México



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